Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Lunes, 23 de Enero de 2017 


Meditación periódica
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A NADIE DA POR PERDIDO

... y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice:
«Alegraos conmigo porque
he encontrado la oveja que se había perdido»

(Lc 15)

Tengo un vivo recuerdo de esta parábola del buen pastor, a la vuelta de una excursión con un grupo de amigos por el Pirineo aragonés. Mientras bajábamos, nos encontramos con un gran rebaño de ovejas. Al final de todas venía una oveja que renqueaba; tenía una pata rota. Se iba quedando rezagada, muy atrás, y en poco tiempo quedaría desconectada del resto. Sería pasto de los buitres, que acechaban atentos en el cielo.

Nos adelantamos un poco con paso rápido y alcanzamos al pastor. Le hablamos de la oveja con la pata rota y, sin detenerse un instante, aquel hombre respondió:

—Esa es del diez por ciento de pérdidas.

Estaba previsto. Esa oveja estaba sentenciada: se había roto una pata, estaba perdida. Era parte del diez por ciento. Solo tenía ya interés para los buitres carroñeros, que desde las alturas seguían interesados al rebaño.

¡Qué diferencia con las enseñanzas y el ejemplo de Jesús! Él no da a nadie por perdido. Por el contrario, hasta su vida pone en juego por defender al rebaño, y emplea todos los medios para recuperar a la que ha quedado atrás:

Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la halla, la carga sobre los hombros muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que había perdido (Lc 15).

Jesús es el Buen Pastor que no da a nadie por irrecuperable. No tiene previsto un tanto por ciento de pérdidas. Pondrá todos los medios –y son muchos– para que nadie se descarríe definitivamente. Esto nos llena de esperanza. El Señor no me dejará. Él pondrá todo de su parte, sin faltar nada, para que vaya al Cielo, y también para que ese amigo, ese pariente..., que anda un poco cojo, alcance su destino eterno. Quiere a todos con Él.

Señor, no me dejes, no les dejes.

San Josemaría recordaba –y el que esto escribe ahora tuvo la suerte de poder escucharlo de sus labios– haber visto de niño a los pastores de su tierra, envueltos en sus zamarras de piel, en los días crudos del invierno en los Pirineos, cuando la nieve lo cubre todo, acompañados, decía, de unos perros fidelísimos y un borrico cargado hasta lo indecible con los enseres del pastor. Encima de todo, el borrico llevaba un gran caldero, donde el amo preparaba la comida y los potingues que ponía sobre las heridas de las ovejas. Si alguna se había roto una pata, el pastor encarnaba la parábola evangélica, y conducía sobre sus hombros la oveja herida. Otras veces le veía llevar entre los brazos, amorosamente, un cordero recién nacido1.

Nos decía que esto es lo que debíamos hacer con quien lo necesitara: pedir al Señor que nos perdone a nosotros y que perdone a los demás, ayudarles a seguir adelante. Poner un especial cuidado con aquellos que se muestran más débiles en su fe o en su vocación.

Pongamos nuestros ojos en Jesús. El buen pastor tiene unas manos expertas para curar una herida, para entablillar una pata rota... ¡El Señor sabe bien cómo curar y cómo recomponer las fracturas que ocasiona el pecado en el alma! Nunca se da por vencido; no abandona a nadie a su suerte, a ninguno deja en la estacada. Nosotros tampoco debemos cejar en nuestro empeño para lograr que esos amigos o parientes, que quizá se encuentran algo extraviados, encuentren el camino. A todos hemos de llevar al Cielo. A todos.

Alegraos conmigo...

El Señor quiere también expresar en la parábola su inmensa alegría, la alegría de Dios, ante la conversión del pecador. Un gozo divino que está por encima de todo pensamiento humano: Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Se alegra el Cielo entero cuando recomenzamos de nuevo el camino.

También nosotros conocemos el gozo que se experimenta cuando alguno a quien queremos vuelve a la amistad con el Señor. ¿Quién no ha sentido alguna vez, o muchas, esa alegría ante un amigo, un pariente, que andaba perdido y que encuentra a Cristo en su vida?

Alegraos conmigo...

«¡Dios mío, qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor, y nosotros –tú y yo...– ovejas de tu rebaño!

»Porque bien nos consta que el Buen Pastor da su vida entera por cada una de sus ovejas»2. También por mí. También por ti.

A nadie da por perdido, a nosotros tampoco. Gracias, Señor.


Cfr. El día que cambié mi vida



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