Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


S�bado, 25 de Febrero de 2017 


Meditación periódica
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IRÉ DONDE TÚ QUIERAS

Vino uno y le dijo: Señor, te seguiré a donde quiera que vayas...

(Mt 8)

Kimberly, presbiteriana entonces y católica ahora, narra una conversación con su padre en un momento de su vida en el que ve cómo la razón la va conduciendo a la plenitud de la fe en la Iglesia católica, mientras su corazón se resiste con todas sus fuerzas a tomar esa dirección. Sufría una crisis interior muy semejante, quizá, a la que padecen algunos al plantearse una posible entrega a Dios: se ve con el entendimiento el camino a seguir, pero la voluntad se resiste. Scott, al que hace referencia, es su marido, que ya había sido recibido en la Iglesia católica.

«Poco antes de que nuestra hija naciera –escribe Kimberly– tuve una importante conversación con mi padre. Él es uno de los hombres más piadosos que conozco, realmente el padre que yo necesitaba para conducirme a mi Padre celestial. Él detectó tristeza en mi voz y me preguntó:

—Kimberly, ¿rezas tú la oración que yo rezo diariamente? ¿Dices: “Señor, iré donde tú quieras que vaya, haré lo que tú quieras que haga, diré lo que tú quieras que diga y entregaré lo que tú quieras que entregue?”.

—No, papá, en estos días no estoy rezando esa oración.

»él no tenía idea de la agonía que yo estaba sufriendo por el hecho de que Scott fuera católico. Dijo, sinceramente afectado:

—¡No lo estás haciendo!

—Papá, tengo miedo de hacerlo. Tengo miedo de que rezar esa oración podría significar mi adhesión a la Iglesia católica romana. ¡Y yo nunca me convertiré en una católica romana!

—Kimberly, no creo que esto signifique que tengas que convertirte. Lo que sí significa es que o Jesucristo es el Señor de toda tu vida o no es para nada tu Señor. Tú no le dices al Señor a dónde quieres o no quieres ir. Lo que le dices es que estás a su disposición. Esto es lo que más me preocupa, más que el hecho de que te hagas católica romana o no. De lo contrario, estarías endureciendo tu corazón para el Señor. Si no puedes rezar esa oración, pide a Dios la gracia de poderla rezar, hasta que puedas rezarla. Ábrele tu corazón: puedes confiar en Él.

»Estaba asumiendo muchos riesgos al decir eso.

»Durante treinta días recé diariamente: “Dios mío, dame la gracia de poder rezar esa oración”. Tenía mucho miedo de que al rezarla estuviera sellando mi destino: tendría que despojarme de mi capacidad de pensar, olvidar lo que hubiera en mi corazón y seguir a Scott como una imbécil hacia la Iglesia católica.

»Por fin, me sentí dispuesta a rezarla, confiándole al Señor las consecuencias. Lo que descubrí entonces fue que yo misma me había hecho una jaula y, en vez de cerrarla con llave, el Señor había abierto las puertas para dejarme libre. Mi corazón saltaba. Ahora me sentía libre para querer estudiar y comprobar, para empezar a examinar las cosas con un cierto sentido de gozo otra vez. Ahora podía decir: “Está bien, Señor, no eran estos mis planes para mi vida, pero tus planes son los mejores para mí. ¿Qué quieres hacer en mi corazón?, ¿en mi matrimonio?, ¿en nuestra familia?”»1.

Al Señor le es muy grato que en muchas ocasiones renovemos nuestros deseos de entrega a su santa voluntad, sin poner límites ni condiciones, sin restricciones. Confiamos en Él de verdad y sabemos que de Dios solo nos pueden llegar bienes. Así han hecho siempre las personas santas.

Esta es la conocida oración de Charles de Foucauld, que también nos puede ayudar alguna vez a dar esos pasos en la plena confianza en Dios, de abandono en Él, pues tiene preparado lo mejor para nosotros. Podemos rezarla despacio, saboreándola, como un buen vino. Nos llenará de paz.

«Estoy dispuesto a todo.

Lo acepto todo

con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,

te la doy con todo el amor de que soy capaz

porque te amo y necesito darme,

ponerme en tus manos sin medida,

con una infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre.

Eres mi Padre y mi Amigo, y todo lo que tengo de más valor en el mundo. ¿Cómo voy a negarte nada? Señor, de verdad, te seguiré a donde quiera que vayas... Omnia mea tua sunt, le dice el padre del hijo pródigo al hermano mayor. También Te lo decimos nosotros: Todas mis cosas son tuyas, las presentes y las futuras. Dispón de ellas, según tu santa voluntad. No quiero nada que Tú no quieras. Y sí quiero lo que Tú quieras.


Cfr. El día que cambié mi vida



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