Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Jueves, 30 de Marzo de 2017 


Meditación periódica
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¡MAR ADENTRO!

Llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían

(Lc 5)

Estaba Jesús predicando desde la barca de Pedro. Cuando terminó de hablar a las gentes, se dirigió al Apóstol y le dijo: Duc in altum!, mar adentro. Estas palabras resonaron con una especial autoridad en Pedro y en aquellos hombres, que ya habían recogido sus redes y sus aparejos. No habían pescado nada, pero ahora los preparan de nuevo, porque el Maestro lo dice. Estos pescadores confiaron en la palabra de Cristo, echaron las redes y se llevaron la gran sorpresa: habiéndolo hecho, recogieron una gran cantidad de peces.

El mismo Jesús nos invita a nosotros a soltar amarras, a tener fe para meternos de verdad en Dios, mediante la oración. Nos dice también mar adentro en el apostolado, decididos a poner todos los medios a nuestro alcance para que nuestros amigos se acerquen a Él.

Es hora de dejar de chapotear en la orilla, en la mediocridad, con el agua hasta las rodillas, sin apenas consecuencias prácticas en la vida real. En el fondo del alma, quizá tenemos miedo a perder el control, a dejar que sea Él quien dirija nuestra barca, nuestra vida. Estamos en la orilla... y Dios nos espera mar adentro. Una voz interior nos dice, tal vez, que tengamos cuidado, que no vayamos demasiado lejos, que no quememos las naves, por si tuviéramos que volver atrás. Esta es la voz de la prudencia de la carne (Rm 8), como la llama san Pablo, falsa prudencia que solo tiene una visión de tejas para abajo y que siempre encuentra alguna razón para no comprometerse del todo. La vida del discípulo de Cristo está hecha de pequeñas y de grandes locuras, como ocurre en todo amor verdadero.

Pero esta vez la voz de Jesús tiene una especial fuerza en nuestro corazón: «Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que llegue a nosotros con toda su fuerza: Duc in altum!»1. Ven conmigo, nos dice, a mares profundos, y allí echarás las redes para pescar. Y tendrás fruto: una gran cantidad de peces, como los Apóstoles.

Donde nos encontramos bien es navegando mar adentro, junto al Señor.

«Yo recuerdo –escribe G. Dorronsoro– haber ido de niño a contemplar un velero a una dársena. Era un velero de muy bonita planta y estuve por allí dando vueltas, abriendo puertas –ya os lo imagináis–, curioseando con gran ilusión. Y observé que había puertas que no cerraban y había muchas cosas que estaban como envejecidas. Pregunté a un marinero, y me dijo: “Este velero está viejo porque no navega, le hace falta navegar”. Parece como si la dársena fuese un lugar que perjudicase al velero. Como el velero está planeado para navegar, el choque de las aguas en su proa le resulta beneficioso»2. También nosotros estamos hechos para navegar, pero en las profundidades del amor a Dios; en la orilla, en la mediocridad, perdemos la juventud del corazón, y aparecen grietas por todas partes. El Señor nos espera lejos de la orilla. «Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”, confiando en la palabra de Cristo»3, nos anima el Papa Juan Pablo II.

Dios es como un mar infinito surcado por muchas velas. Hay cristianos que las arrían cuando perciben que se levanta el soplo divino que puede conducirlos al interior, a las aguas frías. Tienen miedo de abandonar la orilla, en la que encuentran seguridad. Demasiados cristianos tienen miedo de que Dios les complique la vida. Algunos, los que le aman de verdad, se dejan llevar por Él. No saben muy bien qué les espera, pero confían en el Maestro. Quien no penetra mar adentro nada sabe del azul profundo del agua, ni del hervor de las aguas que bullen; nada sabe de las noches tranquilas cuando el navío avanza dejando una estela de silencio; nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras, apoyado solo en su Dios, más seguro que el mismo océano...4.

Jesús, que se ha metido ya en nuestra barca, nos dice al oído: No te conformes con lo que da la mayoría de tus amigos; a ti te doy más, te pido más. Ven conmigo, rema hacia dentro, a alta mar, donde las aguas están más limpias, y allí echarás tus redes para pescar en mares profundos, en aguas frías. Duc in altum! ¡No te quedes chapoteando en la orilla! Esta es tu oportunidad.

No seas ciego, no la dejes pasar.


Cfr. El día que cambié mi vida



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