Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Mi�rcoles, 26 de Julio de 2017 


Meditación periódica
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EL PAN

Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo

(Jn 6)

El pan de trigo, de maíz, de arroz... ha sido durante mucho tiempo un alimento básico para la humanidad. Y se puede tomar como símbolo de la vida misma que sustenta. Como dice la oración de presentación de las ofrendas, es el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre». Además de ser un don de Dios, «los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación»1. «Tener pan para la familia» o «ganar el pan con el sudor de la frente» son símbolos de una serie de valores para el desarrollo humano2.

En los salmos se recuerda con frecuencia cómo los israelitas comieron una especie de pan, el maná, que caía del cielo cada noche, durante la travesía en el desierto: les diste el pan del Cielo (Sal 77; 104), cantan los salmos. Pero aquel alimento, como les dice Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, no era el verdadero pan del Cielo, que había sido anunciado, sino un símbolo y una imagen de aquel nuevo alimento que había de venir, el que daría la vida al mundo, el pan vivo. Jesús hablaba de un alimento divino. Quienes escuchan a Jesús están admirados y, sin entender del todo, le piden: Señor, danos siempre de ese pan (Jn 6).

Ellos no sabían muy bien lo que les decía Jesús. Nosotros sí lo sabemos ahora. En nuestro corazón tiene una resonancia distinta esa petición: Señor, danos siempre de ese pan... Y pensamos en la Eucaristía y se nos llena el alma de gozo.

Este pan vivo del que habla Jesús nos lleva a pensar que las verdaderas realidades están en el Cielo; aquí encontramos muchas cosas que consideramos definitivas y, en realidad, son sombras, copias imperfectas y pasajeras en relación con las que nos aguardan. «Esto (las realidades del mundo) es la sombra, aquello (el cielo) es la realidad», afirmaba san Ambrosio3.

El pan que sirve de alimento y el maná que recogían cada día los israelitas en el desierto son solo signos y pálidas imágenes para que pudiéramos entender lo que representa la Eucaristía, Pan vivo que da la vida al hombre. Quienes oyen a Jesús saben que el maná que sus antepasados recogían (cfr. Ex 16) era símbolo de los bienes mesiánicos. Pero no podían sospechar que el maná era figura del don inefable de la Eucaristía, el pan que ha bajado del Cielo y da la Vida al mundo.

Este sacramento admirable es, sin duda, la acción más amorosa de Jesús, que se entrega no ya a la humanidad entera, sino a cada hombre, a cada mujer, en particular. Podía habernos redimido y haberse marchado de la tierra, diciendo: Ahí os quedáis..., pero permaneció aquí en este mundo nuestro lleno de problemas, no en un símbolo que lo recordara, sino en la realidad.

Cada Comunión es única e irrepetible; cada una es un prodigio del amor; la del día de hoy es diferente a la de ayer; nunca se repite del mismo modo la delicadeza de Jesús con nosotros, y tampoco se debe repetir el amor que se renueva incesantemente, sin rutina, cuando nos acercamos al banquete eucarístico. En la Comunión, «podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: Vosotros sois mis amigos (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: El que me coma vivirá para siempre (Jn 6, 57)»4. ¡Él se acerca un poco más a nosotros cada vez que le recibimos!

 

Un sacerdote amigo, capellán de un colegio donde se preparaban unas niñas para recibir la primera comunión, quiso hacer algunas preguntas para comprobar su preparación para tan gran acontecimiento. Las chicas habían aprendido una conocida oración que podría servirles en esos días y en el futuro para fomentar sus deseos de recibir a Jesús. Dice así esta oración muchas veces repetida: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

La niña preguntada cometió un ligero y delicioso error. Dijo: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y emoción...

El sacerdote no dijo nada. Pensó que nosotros, al menos algunas veces, deberíamos también emocionarnos al recibir al Señor. No es para menos.

Sin duda, la Virgen se emocionaría al recibir a su Hijo. Nunca se acostumbró. «Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?»5. Ella nos ayudará a comulgar con más fe, con más amor, con más piedad.


Cfr. El día que cambié mi vida



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