Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Viernes, 23 de Junio de 2017 


Meditación periódica
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EL BOSQUE

El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros:
Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres...

(Lc 18)

Sucedió en la fraga de Cecebre... Así nos lo cuenta W. Fernández Flórez, y lo recoge en un breve relato J. A. Galera.

La fraga, en Galicia, es un bosque «entregado a sí mismo, en el que se mezclan las más variadas especies de árboles»... Allí los árboles y arbustos, los matorrales y las plantas más insignificantes, en medio de una ingenuidad encantadora, tratan de conservar su armonía haciéndose partícipes de alegrías y dolores...

Pero he aquí que un día cualquiera llegaron unos hombres y, con gran decisión, practicaron una hendidura en la piel de la fraga, «clavaron un poste y lo aseguraron aprisionando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéndole varios hilos metálicos, y se marcharon para continuar el tendido de la línea».

El asombro fue general. En la fraga se produjo una explicable expectación medrosa, por lo desacostumbrado del acontecimiento. Nadie se atrevía a articular palabra. Varios días permaneció muda la floresta. Después, silenciosa y discretamente, la noticia del hecho circuló veloz: el eucalipto a través de sus hojas que rozaban al pino, el castaño por sus ramas que rozaban el eucalipto, y el abedul al roble con cuyas ramas se entremezclaba... «¡Han plantado un nuevo árbol!». Todos querían verle. Los más altos miraban por entre las copas de los demás; los más bajos y apartados se asomaban cuando el viento separaba la fronda... «Es una especie muy rara...».

Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. Y él, tan tieso, tan rígido..., hasta que, por fin, el pino que se hallaba en las cercanías, decididamente, tomó la iniciativa y rompió el silencio, que ya empezaba a ser molesto.

—¿No quiere usted cantar con nosotros?

—Yo no canto nunca –susurró apenas...

Hasta que un buen día, aburrido el poste, se decidió a pasar al ataque.

Con sus palabras puso de manifiesto su desagrado por todo lo que observaba en derredor. Todo le parecía mal en los demás. Solo él cumplía una misión que valía la pena...

La vida en la fraga se hizo incómoda. Todo, absolutamente todo, era objeto de crítica por parte del poste. Todo eran tonterías, actitudes ingenuas e insustanciales. Y la paz en la fraga se acabó y también la alegría. Algo sucedía allí que no iba bien, con apariencias de ciencia o eficacia.

Pasó mucho tiempo... Y un día vinieron unos hombres, removieron el poste y lo derribaron. Al caer contra el suelo se rompió en varios trozos: estaba todo carcomido por larvas de insectos...

Todos, ansiosamente, se dirigieron al pino para que les contara lo que había sucedido, ya que él lo había presenciado todo gracias a su privilegiada posición.

—¿Qué tenía dentro?

—Polilla.

—¿Y qué más?

—Polvo.

—¿Qué más?

—Muerte. Ya estaba muerto. Siempre estuvo muerto.

¡Y la fraga recuperó, de pronto, su alma ingenua...!

El poste es la personificación de la soberbia y, por tanto, de la «personalidad» fingida, de la seudopersonalidad. Los árboles de la fraga son los hombres de buena voluntad. La fraga es el mundo, con sus variadas especies de mentalidad y actitudes.

El poste plantado –o más bien hincado como algo postizo– en la tierra es la expresión máxima de lo vacío, de lo vano, de la vanidad y de la autosuficiencia, que hace que uno considere campo propio lo que tiene en depósito o sencillamente prestado. Sin gracia, sin alegría..., provocando en derredor –en el mejor de los casos– la hilaridad y, con facilidad, la tristeza enquistada en un ambiente.

Es considerarse de una «naturaleza» distinta, cuando en realidad el poste procedía de una especie idéntica o muy semejante a la de los que le rodeaban, aunque un tanto manipulada o retocada por el hombre1.

 

No estamos hechos de una madera distinta. La humildad se manifestará, en muchas ocasiones, precisamente en procurar ese buen entendimiento con los demás, en sintonizar con todos, en el empeño en hacerles la vida un poco más fácil y más alegre. La humildad, han repetido los santos, es el fundamento de todas las virtudes, pero de modo especial de la caridad.

En relación a Dios, nuestra actitud ha de ser la del publicano de la parábola: quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador. El Señor lo escuchó. A nosotros, si somos humildes, también nos escuchará. Y, como el publicano, saldremos del templo llenos de alegría y con la disposición humilde de alegrar un poco la vida a quienes nos rodean.


Cfr. El día que cambié mi vida



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