EL ECO

Lo que uno siembre, eso recogerá...

(Ga 6)

Los niños, como es sabido, pasan los años descubriendo cosas nuevas. Todo es una novedad maravillosa. El pequeño Juan, por ejemplo, no sabía qué era el eco. Un día se divertía en el campo mientras iba montado sobre el bastón de monte del abuelo, como si fuera un gran caballo. Y gritaba cada vez más fuerte:

—¡Arre! ¡Arre! ¡Más de prisa!

Pero, con gran sorpresa, oyó las mismas palabras en el valle cercano. Creyendo que algún niño se hubiera escondido detrás de alguna roca, preguntó asombrado:

—¿Quién eres?

La voz misteriosa repitió inmediatamente:

—¿Quién eres?

Juan se iba enfadando por el juego del supuesto repetidor de sus palabras. Gritó entonces:

—Tú eres tonto.

Enseguida la misteriosa voz repitió las mismas palabras. Entonces el pequeño Juan se enfadó de veras y profirió palabras y expresiones cada vez más fuertes contra el desconocido que suponía escondido; pero el eco se las devolvía con la máxima fidelidad. Juan corrió de un lado para otro para descubrir al insolente, pero por supuesto no encontró a nadie. Entonces marchó a su casa, y fue a consolarse con su abuela del mal trato que había recibido del niño desconocido, que había permanecido escondido en algún lugar, y que le había injuriado con todo tipo de maldades.

—Estás completamente engañado, pues lo que has oído ha sido el eco de tus mismas palabras –le explicó la abuela–. Si tú hubieras dicho en alta voz una palabra amable, la voz de que hablas te hubiera respondido también en términos afectuosos.

 

Algo parecido sucede en la vida. Por lo común, el modo de comportarse los demás con nosotros es el eco de nuestra conducta para con ellos. Si somos educados con los demás, los demás lo serán con nosotros. Si, en cambio, somos descorteses, ruines y egoístas, recibiremos un trato parecido. Dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante (Lc 6). Lo que uno siembre, eso recogerá... Si sembramos espinas, espinas; si desprecio, desprecio; si trigo de buena calidad, una espiga de oro...

Con todo, el motivo principal de ser generosos, educados y amables no es que nos paguen con la misma moneda. El motivo esencial de nuestra conducta es Cristo, que sale a nuestro encuentro en los demás. Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños...

Debemos dar nuestros tesoros, y entonces se multiplican. Comprendemos entonces que hay más felicidad en dar que en recibir (Hch 20). No demos las sobras. En el Evangelio podemos ver la fila de los generosos: el que se desprendió de sus panes y de sus peces, estando él mismo seguramente apurado, la viuda del óbolo, la mujer del frasco de alabastro, Nicodemo y José de Arimatea, los Magos, los pastores. Y otros que hicieron el ridículo por su falta de generosidad: el joven rico (sus riquezas, sus tristezas), los leprosos que no volvieron a dar las gracias, los de Belén que no prestaron sus casas en la noche santa...

Todos los días recibimos un tesoro para dar, y crece al repartirlo. ¿Qué he dado yo hoy? ¿Qué puedo dar? Cariño, cordialidad, tiempo (¡el tesoro del tiempo!), comprensión, esperanza, la fe en Jesucristo a través de mi ejemplo y de mi palabra...

Os digo esto: quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará (2 Co 9). Vale la pena, incluso humanamente, ser generosos sembradores...


Cfr. El día que cambié mi vida